El término “transición energética” refiere a un cambio significativo en un sistema de energía que podría estar relacionado con un factor o con una combinación de factores tales como estructura de sistema, escala, economía y política energética. Generalmente se define como un cambio en el estado de un sistema de energía, a diferencia de un cambio en una tecnología energética o en una fuente de combustible en particular. Un buen ejemplo es el cambio de un sistema preindustrial -basado en la biomasa tradicional y otras fuentes de energía renovable (viento, agua y fuerza muscular)- a un sistema industrial -caracterizado por una mecanización generalizada (energía de vapor) y el uso de carbón. Las participaciones de mercado que alcanzan umbrales pre-especificados se emplean generalmente para caracterizar la velocidad de la transición (por ejemplo, del carbón frente a la biomasa tradicional). En este sentido, los umbrales de participación de mercado típicos en la bibliografía especializada son 1%, 10% para las participaciones iniciales, y 50%, 90% y 99% para las participaciones resultantes luego de una transición.
En cuanto a los sistemas de energía, podemos aprender
muchas lecciones de la historia. La necesidad de grandes cantidades de leña en
procesos industriales primitivos, combinada con los prohibitivos costos del
transporte terrestre, condujo a una escasez de madera económicamente accesible.
Así se descubrió que las fábricas de vidrio del siglo XVIII funcionaban como
empresas de tala de bosques. Cuando Gran Bretaña tuvo que recurrir al carbón
luego de que se agotara el stock de madera, la crisis de combustible resultante
desencadenó una serie de eventos que dos siglos más tarde culminarían en
la Revolución Industrial. Del
mismo modo, el uso creciente de turba y carbón constituyó un elemento vital que
abrió el camino para la Edad de Oro de Holanda, que abarcó casi la totalidad
del siglo XVII. Otro ejemplo, donde el agotamiento de los recursos desencadenó
la innovación tecnológica y un cambio hacia nuevas fuentes de energía, puede
verse en la caza de ballenas del siglo XIX, que
tuvo como consecuencia que el aceite de ballena fuera finalmente reemplazado
por querosén y otros productos derivados del petróleo.
Se ha identificado a la tecnología como un impulsor de cambio importante, pero
impredecible, dentro de los sistemas de energía. Las previsiones
publicadas han tendido a sobrestimar sistemáticamente el potencial de las
nuevas tecnologías de energía y conversión, y han subestimado la inercia en los
sistemas de energía y en la infraestructura energética (por ejemplo: las
centrales eléctricas, una vez construidas, se caracterizan por funcionar
durante varias décadas). La historia de los grandes sistemas técnicos es muy
útil para enriquecer el debate sobre las infraestructuras energéticas, al
detallar muchas de sus implicancias a largo plazo. La velocidad necesaria para
que se produzca una transición en el sector energético será elevada, desde el
punto de vista histórico. Además, es vital que las estructuras tecnológicas,
políticas y económicas subyacentes cambien radicalmente, a través de un proceso
que un autor denominó “cambio de régimen”.
El término “transición energética” también podría
implicar una reorientación de las políticas; lo que suele ocurrir en el debate público
sobre la política energética. Por
ejemplo, podría implicar un reequilibrio de la demanda con respecto a la
oferta, así como también pasar de la generación centralizada a la distribuida
(por ejemplo: generación de calor y energía en unidades de cogeneración muy
pequeñas), que debería reemplazar la sobreproducción y el consumo energético
evitable por medidas de ahorro de energía y mayor eficiencia. En un sentido más
amplio, la transición energética también podría implicar una democratización de
la energía o una tendencia hacia una mayor sustentabilidad.
En junio de 2018, en la Cumbre del G20 en Argentina,
los Ministros de Energía del G20 consideraron correcto y aplicable el enfoque
que la Presidencia argentina del G20 quiso dar a las contribuciones nacionales.
Se reconoció la existencia de diferentes caminos nacionales posibles, a raíz
también del concepto de las Nationally Determined Contributions (NDC) al
fin de lograr sistemas de energía más limpios –promoviendo la sustentabilidad,
la resiliencia y la seguridad energética- bajo el término
"transiciones" (en plural). Esta visión refleja el hecho de que cada
miembro del G20, según su nivel de desarrollo, tiene una matriz de energía
única y diversa como punto de partida, con diferentes recursos energéticos,
dinámicas de demanda, tecnologías, capital nacional, geografías y culturas.

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