Fue
en 1972 que la Asamblea General de las Naciones Unidas proclamó el 5 de junio
como Día Mundial del Ambiente, con el objeto de sensibilizar a la población
mundial y, al mismo tiempo, impulsar acciones políticas proactivas en defensa
del planeta. Sin embargo, casi cincuenta años después, de la mano de un modelo
de globalización neoliberal y depredatorio, la humanidad se encuentra al borde
del colapso ecosistémico y climático: calentamiento global, extractivismo y
destrucción de territorios, extinción masiva de especies y pérdida de
biodiversidad, aumento exponencial de la huella ecológica, entre otros
problemas, ilustran la consolidación de modelos de (mal) desarrollo que
amenazan la vida en el planeta.
La
gran pandemia mostró el fracaso de este modelo de globalización consolidado en
los últimos treinta años, al calor de la Organización Mundial del Comercio y la
apertura indiscriminada de los mercados. Por un lado, puso al desnudo y
potenció las desigualdades sociales y económicas, haciéndolas más insoportables
que nunca. Tal como señala el economista Thomas Piketty, los actuales niveles
de concentración de la riqueza son equivalentes a aquellos de fines del siglo
XIX, cuando no existía un Estado regulador y solo el mercado era el ordenador
de las relaciones sociales. La pandemia de coronavirus evidenció también
un retroceso social que abarca el sistema de salud (debilitado y privatizado),
la producción de alimentos y la degradación del hábitat urbano, sobre todo en
relación con los sectores más vulnerables. Cómo es Villa Azul por dentro: dos
realidades, entre Quilmes y Avellaneda Oportunidad. Por otro lado, la
pandemia tiene también orígenes socioambientales, aunque se tienda a
invisibilizarlos.
Como
indican numerosos estudios, virus como el del ébola, la gripe aviar y la
porcina, el SARS, encuentran múltiples causas ambientales, entre ellas la
deforestación indiscriminada, el tráfico de animales silvestres y la cría de
animales a gran escala. Estos son el caldo de cultivo de los llamados virus
zoonóticos, que tienen un alto nivel de contagiosidad y saltan de los animales
a los seres humanos. El Covid-19 no es seguramente una excepción. Con todo lo
horroroso que trae la pandemia, la crisis abrió un portal desde el cual se
tornó posible aquello que hace poco tiempo se consideraba inviable.
En
esta línea comenzaron a circular diferentes propuestas globales y nacionales,
que en el Sur adoptaron el nombre de Pactos Ecosociales y Económicos y en el
Norte, Green New Deal. Lo central es que no se trata exclusivamente de
propuestas “verdes”, sino de agendas integrales que articulan justicia social
con justicia ecológica, justicia étnica y de género.
En
América Latina, desde hace unos días circula el Pacto Ecosocial, Económico e
Intercultural y en Argentina, hace más de un mes hemos lanzado una propuesta
firmada por más de 400 intelectuales, artistas y organizaciones sociales, que
propone un Pacto Ecosocial y Económico con cinco puntos: ingreso universal,
reforma tributaria progresiva, suspensión del pago y auditoría de la deuda
externa, paradigma del cuidado y reforma socioecológica radical (energética,
productiva, alimentaria y urbana).
Dicha
agenda no se apoya en el vacío; remite a grandes debates globales, así como a
luchas sociales que recorren el país y el continente. La economía que viene
Economía y ambiente. Por ejemplo, los debates sobre la necesidad de
instalar un ingreso universal ciudadano, un impuesto a las grandes fortunas y
suspender el pago de la deuda externa, están lejos de ser tópicos de alcance
local. Atraviesan declaraciones de organismos internacionales como el FMI, la
Unctad, la Cepal o incluso columnas de diarios hiperconservadores, como el
Financial Times; todos los cuales coinciden en que la crisis exigirá un rol
mayor del Estado y nuevos tiempos redistributivos.
Asimismo,
el debate instalado por las feministas sobre el cuidado, definido como un
derecho, cuenta con una larga historia. Esto aparece más relevante en el actual
contexto de pandemia y exige un involucramiento mayor del Estado, a través de
políticas públicas que desmercantilicen la salud y que conecten cuidado, salud
y ambiente, para poder afrontar los desafíos del cambio climático y, muy probablemente,
las pandemias que vendrán. También resulta fundamental visibilizar y revertir
el brutal desequilibrio de género de quienes realizan las tareas de cuidado:
las mujeres. El gran aporte de los feminismos, como el de los pueblos
originarios, es su apuesta radical por colocar en el centro la sostenibilidad
de la vida, hoy amenazada por la lógica destructiva del capital.
Petróleo.
Por
último, nuestra propuesta de Pacto Ecosocial y Económico coloca el acento en la
transición socioecológica, en sus diferentes niveles. Por un lado, la gravedad
de la situación requiere que avancemos en propuestas de transición de la mano
de un paradigma energético renovable, descentralizado, desmercantilizado
y democrático. Aunque el recurso esté disponible (como es el caso de Vaca
Muerta), los impactos de los combustibles fósiles ligados al cambio climático
instalan un límite ecológico. A la par que se derrumba el precio del petróleo,
crecen los movimientos globales de desinversión en combustibles fósiles, y
estos se van convirtiendo en “activos varados u obsoletos”, al tiempo que se
multiplican las experiencias locales en torno a la energía limpia y
sustentable.
Esta
tendencia irá acelerándose: por ejemplo, esta semana fue el Parlamento el que
rechazó por cuestiones ambientales el Acuerdo de Libre Comercio Unión Europea-
Mercosur. Gillian Tett: “La crisis del COVID-19 golpeó mucho a los
pobres y creó resentimiento” De igual modo sucede con el modelo
alimentario.
La
Argentina debe promover desde el Estado y la sociedad una nueva ruralidad,
basada en un paradigma agroecológico-biocéntrico y que promueva la soberanía
alimentaria. El modelo de agronegocios imperante, que requiere poca mano de
obra, depende de los agroquímicos, destruye bosque nativo y produce forraje para
ganado, es cada vez más cuestionado por su concentración, insustentabilidad y
sus impactos sobre la salud.
Durante
la cuarentena, se produjo la multiplicación del consumo de productos
agroecológicos, sobre todo en las grandes ciudades. Pero debemos ir más allá.
Necesitamos una agricultura con agricultores, que promueva el trabajo en el
campo y que produzca alimentos sanos a precios justos: esa es la agricultura
del futuro. No hay que olvidar que la agricultura familiar (campesina) produce
el 70% de los alimentos del mundo, en el 25% de la tierra; mientras que el
agronegocio, para producir el 25%, concentra el 75% de la tierra. Vinculado con
lo anterior, se torna necesario repensar el modelo urbano. Nuestras grandes
ciudades se transformaron en una trampa mortal, sobre todo para las poblaciones
vulnerables, hacinadas y privadas de los servicios básicos. Debemos repensar la
relación entre lo rural y lo urbano, promoviendo el arraigo en las ciudades
pequeñas y medianas, garantizando tierra para pequeños y medianos productores
de alimentos con cordones verdes que provean alimentos frescos y baratos a toda
la población, en sintonía con lo propuesto por más cien movimientos sociales
con el “Manifiesto nacional por la soberanía, el trabajo y la producción”. En
suma, la pandemia abre grandes desafíos a nivel nacional, regional y global, lo
que nos obliga a salir del sectarismo, de los lugares comunes y de las falsas
soluciones.
*Socióloga **Abogado
ambientalista.
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